miércoles, 11 de marzo de 2015

El avión subió a los cielos sobre el campo. Jacinto se sentó junto a la ventanilla y se puso a contemplar la sorprendente geometría de verdes y marrones, el concierto de azules que se deslizaba debajo de ellos. Junto a ella, Elena y Magda descansaban las cabezas contra el respaldo de los asientos y tenían los ojos cerrados al mundo cruel que trataban de dejar atrás. Sobre la falda de Jacinto estaba el contenido del paquete de Basilio: cinco sobres cerrados dirigidos a ella; cada uno una carta de Miguel Acevedo. . .
     Jacinto volvió a mirar por la ventanilla. Allá abajo, tan lejos, su pasado quedaba reducido a una naturaleza muerta: El cono negro del volcán. Una bandada de aves salvajes. Un sendero que serpenteaba hacia un río. Una jovencita que caminaba detrás de su madre. Y un muchacho devoto que siempre las seguiría.
     Se concentró entonces en las cartas de Miguel que todavía tenía sobre la falda. La última que él había escrito estaba fechada diciembre de 1975. El remitente decía Miami, Florida. Fue la primera que Jacinta abrió.
(AROMA DE CAFÉ AMARGO, de Sandra Benítez, novelista).

sábado, 14 de diciembre de 2013

«SER REAL…»

«–Ser real no consiste en cómo estás hecho 
–dijo el Caballito de Piel–. 
Es algo que te sucede. 
Cuando un niño te ama durante mucho, 
mucho tiempo… 
no sólo para jugar contigo, 
sino que REALMENTE TE AMA,
 entonces te conviertes en algo real.

–¿Duele?
–preguntó el Conejito.

–A veces
–respondió el Caballito de Piel,
pues siempre decía la verdad–.
Cuando eres real,
no te importa que te hagan daño.

–Te sucede de pronto,
como cuando te dan cuerda
–preguntó el Conejito–,
¿o de a poco?

–No sucede de repente
–dijo el Caballito de Piel–.
Te va sucediendo paulatinamente.
Tarda mucho tiempo.
Ésa es la razón por la que no les suele suceder
a los que se quiebran con facilidad,
o tienen bordes afilados…
…o se han de guardar cuidadosamente.
En general,
cuando te vuelves real...
se te habrá caído casi todo el pelo,
se te habrán saltado los ojos,
desgastado las articulaciones
y estarás muy maltrecho.
Pero NADA de eso IMPORTA
…porque cuando eres real…
¡ya no puedes ser feo!
Salvo para las personas
que no entienden nada.»
~El Conejo de Terciopelo, de Margery Williams.

viernes, 22 de febrero de 2013

MI PATRIA VERDADERA...

«Desde que soy criatura vagabunda, 
desterrada voluntaria, 
parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas. 
La tierra de América y la gente mía, 
viva o muerta, 
se me han vuelto un cortejo melancólico, 
pero muy fiel, 
que más que envolverme me forra y me oprime y rara vez me deja ver 
el paisaje y la gente extranjeros. 
Tal vez moriré haciéndome dormir,
vuelta madre de mí misma.
Bendije siempre el sueño y lo doy por la más ancha gracia divina...
En el sueño he tenido mi casa más holgada,
ligera,
mi patria verdadera,
mi planeta dulcísimo.
No hay praderas tan espaciosas,
tan deslizables
y tan delicadas para mí como las suyas».
~Gabriela Mistral.

miércoles, 20 de febrero de 2013

UNA PASIÓN...

«Lo que más me importa en este mundo es el proceso de la creación. 
¿Qué clase de misterio es ese que hace
que el simple deseo de contar historias
se convierta en una pasión,
que un ser humano sea capaz de morir por ella;
morir de hambre,
de frío o lo que sea,
con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que,
al fin y al cabo,
si bien se mira,
no sirve para nada?»
~Gabriel García Márquez.

domingo, 25 de diciembre de 2011

EL NIÑO...

«Por la ventana abierta la luna nos miraba.
El niño ya dormía, y la canción bañaba,
como otro resplandor, mi pecho enriquecido...»
~Gabriela Mistral, poetisa.


sábado, 24 de diciembre de 2011

GABRIELA... EN VERSO Y PROSA

Me lo regaló mi hija para esta Navidad 2011. ¡Qué regalo tan hermoso! Es una antología de la poetisa chilena –y Premio Nóbel– Gabriela Mistral. Ella canta cuando versa. Ella baila entre sus rimas de niñas tomadas de la mano jugando a las rondas. Se hizo poetisa cuando la voz femenina no tenía permiso para alzarse en toda su belleza. Me gusta su prosa y su verso desde que era una niña, desde la primera sala de clases, desde que mi maestra –como también lo fue Gabriela– nos enseñara sus versos y rondas infantiles para grabarlas en el corazón...

«¿En dónde tejemos la ronda?
¿La haremos a orilla del mar?
El mar danzará con mil olas
haciendo una trenza de azahar.»

Thank you, Andrea! Your gift is beautiful... like you!

domingo, 23 de octubre de 2011


Lo compré en Madrid. Lo compré por lindo y por su trama. Un libro con un formato distinto. No se abre como el común de los libros sino todo lo contrario. Tampoco sus hojas son como las demás. Son como las de la Biblia. Delgadas y suaves. 
   La historia se basa en plena posguerra, cuando Madrid se ha convertido en un hervidero de espías. Harry Brett trabaja para el servicio secreto británico y debe ganarse la confianza de un antiguo condiscípulo, Sandy Forsyth, para averiguar a qué negocios turbios se dedica. Por su parte, Barbara Claire, la novia de Sandy, también tiene una misión secreta: encontrar a su ex amante, un voluntario comunista desaparecido tras la batalla del Jarama.
   «Un trepidante thriller de espías en que Sansom no ha perdido de vista el rigor histórico.» El País.

domingo, 28 de agosto de 2011

EVA LUNA...

No piensen que he estado sin leer durante este largo tiempo. He leído mucho, lo que pasa es que ustedes no lo han sabido. Por éso hoy quise dejarles uno de los textos más bellos que he leído. Es de Isabel Allende (¿de quién más podría ser?) y se encuentra en su libro EVA LUNA. Que lo disfruten...
«Mi madre era una persona silenciosa, capaz de disimularse entre los muebles, de perderse en el dibujo de la alfombra, de no hacer el menor alboroto, como si no existiera; sin embargo, en la intimidad de la habitación que compartíamos se transformaba. Comenzaba a hablar del pasado o a narrar sus cuentos y el cuarto se llenaba de luz, desaparecían los muros para dar paso a increíbles paisajes, palacios abarrotados de objetos nunca vistos, países lejanos inventados por ella o sacados de la biblioteca del patrón; colocaba a mis pies todos los tesoros de Oriente, la luna y más allá, me reducía al tamaño de una hormiga para sentir el universo desde la pequeñez, me ponía alas para verlo desde el firmamento, me daba una cola de pez para conocer el fondo del mar. Cuando ella contaba, el mundo se poblaba de personajes, algunos de los cuales llegaron a ser tan familiares, que todavía hoy, tantos años después, puedo describir sus ropas y el tono de sus voces. Preservó intactas sus memorias de infancia en la Misión de los curas, retenía las anécdotas oídas al pasar y lo aprendido en sus lecturas, elaboraba la sustancia de sus propios sueños y con esos materiales fabricó un mundo para mí.
   Las palabras son gratis, decía y se las apropiaba, todas eran suyas.»

miércoles, 9 de febrero de 2011

EL AÑO QUE VIENE... EN CUBA

«Llegamos al muelle un par de horas antes de que el ferry zarpara. El lugar me era conocido, ya que el almacén de víveres de mi padre estaba cerca de allí.  Mi tía Cuca nos acompañó hasta el muelle donde mi padre se reunió con nosotros. La partida del ferry se demoró más de una hora  porque en el último instante surgió algún problema con el pasaporte de mi padre; pero al final el contratiempo quedó resuelto y poco después de mediodía el City of Havana empezó a alejarse de su embarcadero.
            He rememorado nuestra partida de Cuba cientos de veces, quizás miles de veces. He soñado con ella, he elaborado fantasías, he comparado recuerdos con mis padres y mis hermanos.  En mis sueños nocturnos y diurnos, la escena ocurre tal y como la he descrito, salvo un detalle.  A medida que el ferry se retira lentamente de su embarcadero, miro hacia el muelle y veo a un niño que me dice adiós.  Tiene mi edad, o quizás uno o dos años menos, y está vestido con una camiseta de franjas horizontales y pantalones cortos que le llegan  casi  hasta las rodillas.  No se le ven las medias porque tiene puestas botas de vaquero, y está pelado a la malanga, con un engominado mechón de pelo sobre la frente.  A juzgar por su aspecto se trata de un muchacho de buena familia, un niño de su casa.
           Al mirarlo, me doy cuenta de que ese niño soy yo. En mi fantasía, habito en dos lugares a la vez.  Estoy en el muelle y estoy en el ferry.  Desde el muelle, me puedo ver en la cubierta del ferry, despidiéndome y empequeñeciendo más y más, hasta que la figura que queda es como un revolotear de alas. En la última imagen de la fantasía me encuentro en el ferry, con las manos agarradas a la baran-dilla, mirando al niño que fui, al niño que ya no era, que se desvanece poco a poco.  Al final, el único niño es el que viaja en el ferry, que se adentra en alta mar.» 

(Del libro El Año que Viene Estamos en Cuba, de Gustavo Pérez–Firmat)

martes, 21 de diciembre de 2010

EN EL PESEBRE CON MARÍA

«Su cuerpo ya no tenía fuerzas, sus ojos se cerraban pesadamente, pero su mente se negaba a descansar. Anhelaba estar con su madre. Se preguntaba... si ella aún le creería. Escuchó la respiración fatigosa del hombre que dormía a unos pocos metros de distancia. Hasta hace unos meses él era un extraño para ella. Solamente conocía lo que se le había dicho y lo que había podido ver por sí misma. Le habían dicho que era un buen hombre. En los últimos días, había descubierto que era mucho más que eso. Ningún hombre, por amable que fuera, podría haber hecho lo que él. Se preguntó cuánto tiempo había pasado desde que él había realmente descansado por última vez. Un ternero de unos pocos días de vida se despertó hambriento, sin poder hallar a su madre. El movimiento despertó al Niño, que también se retorció en búsqueda de la suya. Ella lo tomó en sus brazos, mientras su largo cabello le cubría el rostro, y silenciosamente salió por el portón. Se sentó con cuidado y se reclinó contra la parte exterior del establo, apoyó al bebé en su pequeña falda y, luego de atar su cabello con una cinta de lino, comenzó a examinar el pequeño rostro. Aún no lo había visto a la luz. La luna jamás había brillado con tanta intensidad. La noche estaba casi tan clara como el día.
     Había imaginado muchas veces ese momento. ¿Cómo sería el Hijo del Espíritu? Nunca esperó que fuera tan normal... tan común. Entonces comenzó a hablarle: Dulce, bebé, ¿sabes quién es tu Padre? ¿Sabes cómo te llamas? ¿Sabes por qué estás aquí? ¿Qué ves cuando miras hacia el cielo? ¿Crees que seré una buena madre? ¿Me amarás a mí también?
     Ella, una muchacha común, del entorno más humilde estaba abrazando al Verbo Encarnado. La plenitud del Altísimo descansaba en sus brazos inexpertos, y dormía acompasado por el ritmo del corazón de su madre. Desde los cielos se estableció una conexión con la tierra y la gloria de Dios lo inundó todo, mientras una joven permanecía sentada, completamente ajena a todo lo que sucedía a su alrededor. 
     Volvió a entrar sigilosamente al pesebre, envolvió al Niño en pañales y lo acostó en el pesebre. El sol comenzó a asomarse por encima del techo de un mesón lleno de almas vacías que no le habían hecho un lugar.»
(Extraído del libro JESÚS, SÓLO JESÚS, de Beth Moore).

viernes, 17 de diciembre de 2010

LAS CHRISTMAS (Denise Chávez, mexicana)

«Las Navidades siempre serán especiales para mí, tanto por el jolgorio maravilloso como por su silencio profundo y meditativo. Una vez pasado el alboroto, nuestra callecita, La Colonia, se quedaba dormida, salvo una casa, con sus tres ventanitas, un árbol con adornos azules, rosados, blancos y plateados, y luces que iluminaban las ramas cubiertas de cabello de ángel. El montón de regalos al pie del árbol era tan grande que se desparramaba por la mitad de la sala. Hasta las mesitas y otros muebles estaban cargados de regalos. 
     Tranquilamente nos arrastrábamos a la cama. Los disgustos, las discusiones, las angustias triviales de la vida cotidiana se suspendían. Todos estábamos serenos y felices. Los tíos y los primos ya se habían acostado hace tiempo. Mi hermana y yo estábamos acurrucadas y tapadas, nuestro padre en casa con nosotras, aunque fuera por un ratito. Mamá, con ese pelo negro y largo que le daba hasta la cintura, su amplio pecho hinchado de felicidad, iba apagando todas las luces, salvo las del árbol. Se detenía un momento en el umbral de su cuarto, con la cara húmeda y sonrojada de emoción. 
     La noche estaba bellísima, silenciosa y tranquila. No se oía el pito discordante del tren, el que iba al norte, a Albuquerque y luego a Santa Fe.
     Al amanecer transparente y oscuro, ese amanecer sagrado, los leves susurros y rumores de las voces y los cuerpos recién despiertos –y las ilusiones que los acompañaban– apenas quebraban la tranquilidad matutina.»
(Extraído del libro LAS CHRISTMAS, de Esmeralda Santiago y Joie Davidow).

martes, 30 de noviembre de 2010

LAS CHRISTMAS (Gustavo Pérez Firmat, cubano)

Durante los primeros años de exilio, dejamos de celebrar la Nochebuena, pues parecía absurdo celebrar esta fiesta con toda la familia dispersa –algunos todavía en Cuba, otros en Puerto Rico, otros en Nueva York. La primera Navidad en Miami pusimos un arbolito, más verde pero menos vistoso, con un nacimiento de cartón. En vez de la cena de Nochebuena tuvimos un almuerzo de Navidad. 
     Cuando salimos de Cuba, dos meses antes, mis padres albergaban la esperanza de que para la Nochebuena ya estaríamos de regreso en La Habana, pero no fue así. Sentado con mis hermanos en torno a la mesa el Día de Navidad, me sentía más desorientado que otra cosa. Hacía sólo pocas semanas que estábamos nosotros, súbitamente transformados en la típica familia «nuclear». La celebración navideña fue breve y callada. Esa mañana Santicló había traído regalos, pero unos días después los Reyes Magos no se aparecieron. Mi madre le dijo a mis hermanos pequeños que los Reyes Magos todavía estaban en Cuba. . .
     Nuestras Nochebuenas miamenses han llegado a parecerse a esos esqueléticos arbolitos de Navidad que teníamos en Cuba, bañados de lágrimas. Cuando mis padres hayan muerto, algo que espero no suceda por muchos años, no me quedará más remedio que celebrar la Nochebuena en Chapel Hill, acompañado de familia americana –Mary Anne, mis hijos y mis hijastros. En vez de ir a Miami, me quedaré donde estoy. Formaré parte del bando de los inmóviles, los que permanecen en su hogar. Pero me aposentaré lejos de mi casa, en un hogar fuera del lugar. Sé que en Chapel Hill mis tradiciones criollas padecerán nuevas pérdidas y atenuaciones, y que un día me encontraré en la situación de mi padre –seré el único gallo cubano en la fiesta. Y entonces tendré que aprender cómo cantan los gallos en inglés.
(Extraído del libro LAS CHRISTMAS, de Esmeralda Santiago y Joie Davidow).

domingo, 28 de noviembre de 2010

«LAS CHRISTMAS» (Junot Díaz, dominicano)

Me acuerdo de las primeras semanas que pasé en Estados Unidos como una cadena de sorpresas y sustos: el frío, mi padre, el apartamento, el agua corriente, el televisor, la soledad de la vida norteamericana, el ser inmigrante recién llegado. Además de tener que acostumbrarme al mundo que nos rodeaba, también tuve que acostumbrarme a la presencia de mi padre. Antes sólo lo conocía a través de lo que me contaban. Pero ahora estaba con nosotros y era una presencia intensa y complicada.
     Ese año, la Navidad pasó volando. Me acuerdo de muchas cosas de esas primeras semanas, pero nada de ese día. Recuerdo haberme fugado del apartamento una noche con mi hermano mientras dormían mis padres, para ver las casas adornadas del barrio; me acuerdo que nos perdimos y nos llevó tres horas frías encontrar nuestra casa. 
     Me acuerdo de mi cumpleaños, que era un 31 de diciembre, y de los camiones de juguete marca Hess –unas baratijas– que nos regaló mi padre para Reyes, pero no me acuerdo de la Navidad. El próximo año ya sería otra cosa. Para entonces, mis hermanos y yo ya hablaríamos inglés. Dejaríamos de ser los espantosos monolingues de Nabokov. La nuestra sería una lengua híbrida.
     También habríamos internalizado lo suficiente la cultura americana para otorgarle el respeto y la aprobación debida a la Navidad. Ya nunca más pasaría desapercibida, pero el Día de Reyes, sí. Y creo que esto revela tanto lo que perdimos al venir a Estados Unidos como lo que ganamos.
(Extraído del libro LAS CHRISTMAS, de Esmeralda Santiago y Joie Davidow).

«LAS CHRISTMAS» (Aurora Levins Morales, puertorriqueña)

En las Navidades parecía, por un tiempito, que todos tenían lo suficiente. Mi padre nos traía turrón español –dulce pegajoso y blanco, lleno de almendras y envuelto en un fino papel comestible. El mejor turrón era el más duro, el que se tenía que romper con un martillo. También había pastas de frutas, intensamente dulces, que se comían con queso blanco del país. Algunos eran de guayaba, de un moreno rojizo denso, otros de mango dorado, de batata azucarado, color café claro, y de coco blanco resplandeciente. El que más me gustaba era el dulce de naranja, con su mezcla seductora de sabores amargos y dulces que jugueteaban en la boca. Mi familia no comía cerdo, pero mi papá cocinaba carne bif de lata con pasas y cebollas, y era el mejor tostonero judío del mundo.
(Extraído del libro LAS CHRISTMAS, de Esmeralda Santiago y Joie Davidow).

jueves, 8 de julio de 2010

A COUNTRY FOR ALL (THE INVISIBLES)

«Nobody notices them. Sometimes they pass right in front of us, and we look through them as if they were not there. But they are here, and the United States would be a very different country without them. People don’t realize just how important they are to our way of life.
Those who go through each day unseen are undocumented immigrants. The invisibles.
They go out of their way not to be noticed by authorities or counted by census takers. It’s not always easy to distinguish exactly who is an immigration agent. In order to avoid the risk of making a mistake, they talk to no one.
They stay away from the police. The invisibles keep their distance from them, even though many times they need protection from the violence of those who want to do them harm. The less they’re seen, the greater the chance that they will be left alone to work and earn their wages in peace.
They live in the shadows. Being seen is a great risk and could mean deportation from the country that they have called home for years, the country where their children were born and, for many, their grandchildren too.
They live in silence. They don’t often complain, though they certainly have reasons to. Complaints lead to questions. Questions lead to trouble.
When we cross paths with them on the street, they quickly avert their eyes. Not being is their way of being. For them, not having an identity is their identity.
Nevertheless, the United States could not function without their labor. They do this country’s most difficult, least desirable, lowest-paying work. They clean what nobody else will clean, harvest the crops no one will harvest, cook our food and build our houses.
They accept working conditions that no legal citizen can imagine. They don’t have the benefit of minimum wage; it’s unheard-of for most. They don’t get health insurance, do not have labor organizations to support them, and operate under the perennial threat of being unjustly fired or reported to Immigration Services and thus deported–often forced to leave children behind.
Despite all the negative things that are said about them –that they’re criminals and terrorists– we let them into our homes, we allow them to clean up after us, and we even them care for our children.
They came here in search of opportunities that are absent in their native lands. And that is exactly why, even though grants are the strongest, bravest, most innovative, most persistent, most courageous, most devoted individuals you will ever meet. And each is fully committed to doing whatever it takes to succeed in the United States.
But the cost is great. They become invisible. And now the time has come to offer them the recognition, respect, and, eventually, the visibility they deserve: the opportunity to coexist with us.
There is no better source of self-esteem than being seen, and being recognized for your labor, without feeling fear and without being forced to avert your eyes.»


(From the book A COUNTRY FOR ALL by Jorge Ramos, an Emmy Award-winning journalist, syndicated columnist, and author of nine previous books. Ramos anchors the nightly news and hosts a weekly political show on Univision, the country’s largest Spanish-language television network. He regularly appears on ABC, CBS, NBC, and CNN to discuss immigrant rights. Born in Mexico City, Ramos has lived in the United States for more than twenty-five years.)



miércoles, 7 de julio de 2010

TIERRA DE TODOS (LOS INVISIBLES)


«Nadie los ve. Pero están ahí.
A veces pasan frente a nosotros y los atravesamos con nuestra mirada como si fueran transparentes.
Nuestra vida sería muy distinta sin ellos. 
Pero no todos en Estados Unidos reconocen su importancia.
Son los indocumentados. 
Son los invisibles.
Prefieren no ser vistos ni contados por las autoridades ni por funcionarios del censo;
no siempre es fácil distinguir entre un burócrata y un agente de inmigración.
No se acercan a la policía. La evaden aunque necesiten su protección.
Mientras menos los vean mejor;
menos probabilidades hay de tener problemas con la ley.
Viven en la oscuridad porque la luz delata su presencia, 
y ser vistos implica el riesgo de ser arrestados y expulsados del país.
Viven en silencio. No suelen quejarse, 
aunque tengan la razón, 
porque hacerlo pudiera implicar una denuncia y la deportación.
Podemos cruzarnos con ellos en la calle y suelen bajar la mirada. 
No ser es su forma de ser. 
No tener una identidad es su identidad.
Y, sin embargo, Estados Unidos no funcionaría igual sin su presencia. 
Ellos realizan las labores más difíciles, 
las peor pagadas y las menos deseables. 
Limpian lo que nadie quiere limpiar, 
cosechan nuestros alimentos, 
cocinan nuestra comida, 
construyen nuestras casas.
Aceptan condiciones de trabajo que ningún norteamericano siquiera consideraría. 
Sin respetar el salario mínimo, 
sin seguro médico, 
sin ninguna protección laboral, 
siempre bajo la amenaza de un despido injustificado 
o una denuncia al Servicio de Inmigración.
Un día pueden tener trabajo y perderlo, sin razón, al día siguiente.
A pesar de todo lo que se dice sobre ellos 
–que son criminales, 
que son terroristas,
que ponen en peligro el sistema legal del país–
les confiamos a nuestros hijos,
les permitimos que se metan a nuestros cuartos
y hasta que tiendan nuestra cama.
Vinieron a buscar las oportunidades que no había donde nacieron.
Y son precisamente los más fuertes,
los más valientes, 
los más inconformes,
los más valiosos, 
los que están dispuestos a hacer casi cualquier cosa para salir adelante,
los que decidieron venir a Estados Unidos.
Pero el costo fue muy alto.
Pasaron de ser visibles a invisibles.
Y ahora es el momento de brindarles el reconocimiento, 
el respeto y, eventualmente, su visibilidad.
Nada fortalece más la autoestima de una persona 
que ver y ser visto,
sin miedos y sin tener que esconder la mirada.» 


(Extracto del libro TIERRA DE TODOS, de Jorge Ramos, periodista y escritor de otros nueve libros. Nacido en la Ciudad de México, lleva más de veinticinco años viviendo en Estados Unidos. Es copresentador del Noticiero Univisión y tiene un programa semanal de entrevistas llamado Al Punto. Actualmente vive en Miami.)

CARAMELO

«En la calle Cinco de Mayo, frente al Café la Blanca, un organillero toca Farolito. Nacido de una alegre pena, la gente le ofrece monedas por haberles sacudido el recuerdo de un padre, de un ser querido, de un niño con el que Dios se fugó.

     Y era como si esa música me revolviera por dentro cosas en un pedadzo de mi corazón de una época que no podía recordar. De antes. No exactamente una época, una sensación. Así como a veces uno guarda un recuerdo de imágenes borrosas y redondeadas, pero ha olvidado la única cosa que podría volver a enfocarlo todo. En este caso, había olvidado un estado de ánimo. No un estado de ánimo, una manera de ser, para ser más precisa.
     No sé cómo es para los niños. Nunca he sido un niño. Pero para las niñas en algún punto entre las edades de digamos, ocho y la pubertad, las niñas se olvidan que tienen cuerpos. Es la época en que le cuesta trabajo mantenerse limpia, los calcetines siempre bajándosele, las rodillas ensangrentadas, el pelo como una escoba. No se mira al espejo. No es consciente de ser observada. No hay esa sensación de la volatilidad del cuerpo femenino, su tosco peso, la molestia de acarrearlo por doquier. Es la época en que ves a una niña y te das cuenta de que está en su punto más feo, pero al mismo tiempo, más feliz.
     Y aunada a esa sensación, revoloteando en las notas de Farolito, recuerdo tantas cosas, tantas, todas a la vez, cada una distinta y separada, y todas entremezclándose. El sabor de un caramelo llamado gloria en la lengua. El color caramelo de tu piel después de enjuagarte al salir de la espuma de Acapulco, el agua salada que te escurre del pelo y hace que te ardan los ojos, el olor a mar crudo, y el mar que te sale de la boca y la nariz. Mi mamá regando sus dalias con una manguera y echándose un chorrito de agua en los pies también, pies indios, gruesos y chatos, como de barro, como las ollas de barro colorado mexicanas.
     Y no sé cómo es para los demás, pero para mí estas cosas, esa canción, esa época, ese lugar, se encuentran todas ligadas a un que extraño, que no existe ya. Que nunca existió. Un país que yo inventé. Como todos los emigrantes... atrapada entre aquí y allá.»
CARAMELO, de Sandra Cisneros. Nació en Chicago, pero su herencia mexicana ha sido una influencia importantísima en toda su obra. Actualmente vive en San Antonio, TX en su famosa “Casa Morada” donde ocasionalmente ofrece su tiempo realizando talleres de escritores latinos.

sábado, 23 de enero de 2010

LA ISLA BAJO EL MAR


“Me aferré a mi hija, tratando de sujetarla, rogándole que tomara un sorbo de agua, que abriera los ojos, que me respondiera, Rosette, Rosette. A las tres de la madrugada, mientras la sostenía arrullándola con baladas africanas, noté que murmuraba y me incliné sobre sus labios resecos. «Te quiero, maman», me dijo, y enseguida se apagó con un suspiro. Sentí su cuerpo liviano en mis brazos y vi su espíritu desprenderse suavemente, como un hilo de niebla, y deslizarse hacia afuera por la ventana abierta.
       El desgarro atroz que sentí no se puede contar, pero no necesito hacerlo: las madres lo conocen, porque sólo unas pocas, las más afortunadas, tienen a todos sus hijos vivos. En la madrugada llegó Adèle a traernos sopa y a ella le tocó desprender a Rosette de mis brazos agarrotados y tenderla en su cama. Por un rato me dejó gemir doblada de dolor en el suelo y después me puso un tazón de sopa en las manos y me recordó a los niños. Mi pobre nieto estaba acurrucado al lado de mi hija Violette en la misma cama, tan pequeño y desamparado que en cualquier momento podía irse detrás de Rosette. Entonces le quité la ropa, lo coloqué sobre el trapo largo de mi tignon y lo amarré cruzado sobre mi pecho desnudo, pegado a mi corazón, piel contra piel, para que creyera que todavía estaba dentro de su madre. Así lo llevé durante varias semanas. Mi leche, como mi cariño, alcanzaba para mi hija y mi nieto. Cuando saqué a Justin de su envoltorio, estaba listo para vivir en este mundo.”
       
(Extracto del libro LA ISLA BAJO EL MAR, de la escritora chilena Isabel Allende).

miércoles, 18 de noviembre de 2009

CUANDO ERA PUERTORRIQUEÑA


“Abuela cerraba las puertas y ventanas en cuanto terminábamos de comer, pero no me mandaba acostar. Yo me quedaba leyendo el periódico del día anterior, que Abuelo me dejaba, o delineaba las flores en las servilletas de papel con un bolígrafo azul.
       Un día de lluvia, Abuela sacó su canasta de tejidos.
       –¿Te gustaría aprender? –me preguntó tímidamente, como si no se hubiera atrevido antes.
       –¡Ay, sí! –le dije. Yo había estudiado los diseños de sus manteles y sus pañitos de mesa y había tratado de dibujarlos en una libreta o en las bolsas de papel del mercado. Me había sentado hipnotizada en el silencio sagrado en el cual ella trabajaba, metiendo y sacando gancho de los puntos, formando dibujos con hilo.
       Encontró una aguja de gancho grueso y me sentó entre sus piernas en el primer escalón de enfrente para así poder ayudarme a guiar el hilo entre mis dedos. Me enseñó cómo contar puntos, cómo hacer cadenas que se volvían en hileras, cómo unir los puntos en redondo, cuándo debía llenar y cuándo debía dejar espacio entre los puntos. Después de un tiempo, entendí por qué el silencio bajo el cual ella trabajaba era tan mágico. Para tejer bien, tenía que concentrarme en el trabajo, tenía que contar y acordarme de dónde añadí y dónde quité puntos, y tenía que mantener una imagen mental del patrón de lo que estaba haciendo, mientras estimaba cuánto hilo de algodón iba a necesitar, y me aseguraba de que cuando se me estuviera acabando el hilo, tejiera de la bobina sin que se notara que había cambiado hilo. Los sonidos se disminuyeron a murmullos distantes, el ambiente retrocedió hasta que era sólo sombras, y las sensaciones menguaron según me deslicé bajo el ritmo hipnótico de un gancho jalando hilo, el trabajo creciendo entre mis manos hasta que su peso me hizo estirarlo y mirarlo y admirarlo y sorprenderme de lo que mis manos habían hecho.”

(Extracto del libro CUANDO ERA PUERTORRIQUEÑA, de Esmeralda Santiago)

viernes, 13 de noviembre de 2009

PUERTO LIBRE


“A veces uno tiene miedo. Amanece con él pegado a la piel como la costra más indigna y no quiere abrir los ojos ni mucho menos levantarse de la cama en que lo esconde. Ahí, entre las cobijas, agazapa el temblor que la averguenza y no se atreve ni a llorar porque también eso le da miedo.
       –Va a sonar el teléfono –se dice una acurrucada en los segundos que le quedan–. Va a venir mi hija a pedir que le peine las coletas, mi hijo me va a increpar porque no he llevado su cereal. Se van a ir sin suéter si no me levanto y se los pongo, van a irrumpir en el cuarto pidiendo tres pesos y su escándalo quebrará el sueño del señor de la casa. Alguien estará pensando que soy una desobligada, que para qué parí niños si no voy a cuidarlos desde temprano. A las nueve llegará una fotógrafa que según me advirtió sólo quiere una risa espontánea. Si no me voy pronto, el tiempo no alcanzará para darle la vuelta a Chapultepec.”

(Extracto del libro PUERTO LIBRE, de Angeles Mastretta, escritora mexicana)

Construido con relatos cortos, viñetas, imágenes súbitas, aforismos, PUERTO LIBRE se nutre de historias que, como barcos que siempre nos llevan a otra parte, hacen de la confesión una forma de literatura fantástica. Puertos donde es un premio la vida que nos falta.

EL CARTERO DE NERUDA



“Mario, que presentía el fin del diálogo, se dejó consumir por una ausencia semejante a la de su predilecto y único cliente, pero tan radical, que obligó al poeta a preguntarle:
–¿Qué te quedaste pensando?
–En lo que dirán las otras cartas. ¿Serán de amor?
El robusto vate tosió.
–¡Hombre, yo estoy casado! ¡Que no te oiga Matilde!
–Perdón, don Pablo.
Neruda arremetió con su bolsillo y extrajo un billete del rubro “más que regular”. El cartero dijo “gracias”, no tan acongojado por la suma como por la inminente despedida. Esa misma tristeza pareció inmovilizarlo hasta un grado alarmante. El poeta, que se disponía a entrar, no pudo menos que interesarse por una inercia tan pronunciada.
–¿Qué te pasa?
–¿Don Pablo?
–Te quedas ahí parado como un poste.
Mario torció el cuello y buscó los ojos del poeta desde abajo:
–¿Clavado como una lanza?
–No, quieto como torre de ajedrez.
–¿Más tranquilo que gato de porcelana?
Neruda soltó la manilla del portón, y se acarició la barbilla.
–Mario Jiménez, aparte de Odas Elementales tengo libros mucho mejores. Es indigno que me sometas a todo tipo de comparaciones y metáforas.
–¿Don Pablo?
–¡Metáforas, hombre!
–¿Qué son esas cosas?
El poeta puso una mano sobre el hombro del muchacho.
–Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir una cosa comparándola con otra.
–Deme un ejemplo.
Neruda miró su reloj y suspiró.
–Bueno, cuando tú dices que el cielo está llorando, ¿qué es lo que quieres decir?
–¡Qué fácil! Que está lloviendo, pu’.
–Bueno, eso es una metáfora.”


(Extracto del libro EL CARTERO DE NERUDA, del escritor chileno Antonio Skármeta)

miércoles, 11 de noviembre de 2009

EL MAÑANA


“Regresé a ese apartamento en enero de 1998 –diecisiete años, ocho meses y diez días después de mi partida. Cuando la mujer menuda que vivía allí me abrió la puerta, balbucié una llorosa presentación y miré por encima de sus angostos hombros, directo a mi pasado: el viejo refrigerador aún se encontraba resoplando en la cocina, ahora con la puerta cerrada por un perchero ingeniosamente colocado; la tabla de planchar, que tantas veces usé para mantener impecables mis uniformes escolares, todavía estaba detrás de la puerta de la cocina; y los coloridos vasos de cristal, que no podíamos tocar porque estaban reservados para ocasiones especiales, seguían acumulando polvo en las repisas de la sala. La nueva propietaria, como mi madre, no los usaba por temor a que se rompieran.
       Los recuerdos me asaltaron. Había vuelto a Cuba como reportera a cubrir una importante noticia en la isla, no ha deshacerme en llanto a la vista de un mosaico cuarteado o un gastado sofá color vino. Con mi credencial de prensa, me había sentido fuerte y hasta un tanto distanciada. Pero un carnet plástico colgando de una tira al cuello no podía protegerme de mi pasado. Ese viejo apartamento, esa cuadra, ese barrio bajo la sombra de incontables almendros –Santos Suárez, con sus casas bonitas y diminutos jardines– seguía siendo mío.”

(Extracto del libro EL MAÑANA, de Mirta Ojito)

miércoles, 4 de noviembre de 2009

EL ALBERGUE DE LAS MUJERES TRISTES


“El humo y la bruma se confunden cuando comienza el invierno en la isla. De día, las siluetas se diluyen en el fondo verde oscuro y en el gris del atardecer; por la noche no se ven, porque no se ve nada de nada... a menos que las estrellas se apiaden de los mortales venciendo a las nubes. Llueve mucho en el invierno de la isla, las nubes parecen ariscas ante cualquier voluntad que no sea la propia.
       De colores difusos, las personas del pueblo se escurren hacia el interior de sus corazones y de sus casas siempre bajas cuando comienza el invierno, pero aun así nadie acostumbra excluir a nadie de la intimidad. Los braseros y las estufas arden a la espera de quien los comparta, y enormes ollas con agua nunca terminan de hervir sobre sus lomos. La lana lo cubre todo: cuerpos, camas, manos, sillas; las palmas y las cabezas de hombres y mujeres comprueban la sensatez de las ovejas. Viven en el interior por la irrupción de la lluvia, pero ellos han coexistido durante siglos con el agua.
       El barro ablanda caminos y huellas y el viento hace de las suyas, con el solo obstáculo de las ramas de los mañíos, los cipreses y los canelos; los hombres no lo molestan al viento, caminan inclinando hombros y cabezas para que no los haga bailar. Si alguien cree que en el invierno del pueblo la naturaleza no cesa de llorar, se equivoca. Es sólo el agua que, como si el mar no hubiese bastado, se enamoró del lugar.
       Estos comienzos de invierno son los que han recibido a Floreana. El Albergue es sobrio pero no es precario. Firme como un castillo de piedra, el viento no lo mece ni lo atraviesa la lluvia. Floreana está segura.”

(Extracto del libro EL ALBERGUE DE LAS MUJERES TRISTES, de Marcela Serrano, escritora)

Marcela Serrano nació en Santiago, Chile. Licenciada en grabado en la Universidad Católica. Otros libros de la misma autora: NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO, PARA QUE NO ME OLVIDES, ANTIGUA VIDA MÍA, NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD.

martes, 3 de noviembre de 2009

ME LLAMO RIGOBERTA MANCHÚ Y...


“Me llamo Rigoberta Menchú. . . Quisiera dar este testimonio vivo que no he aprendido en un libro y que tampoco he aprendido sola ya que todo esto lo he aprendido con mi pueblo y es algo que yo quisiera enfocar. Me cuesta mucho recordar toda una vida que he vivido, pues muchas veces hay tiempos muy negros y hay tiempos que, sí, se goza también pero lo importante es, yo creo que quiero hacer un enfoque que no soy la única, pues ha vivido mucha gente y es la vida de todos. La vida de todos los guatemaltecos pobres y trataré de dar un poco de mi historia. Mi situación personal engloba toda la realidad de un pueblo.
       En primer lugar, a mí me cuesta mucho todavía hablar castellano ya que no tuve colegio, no tuve escuela. No tuve oportunidad de salir de mi mundo, dedicarme a mí misma y hace tres años que empecé a aprender el español y a hablarlo; es difícil cuando se aprende únicamente de memoria y no aprendiendo en un libro. Quisiera narrar desde cuando yo era niña o incluso desde cuando estaba en el seno de mi madre, pues , mi madre me contaba como nací porque nuestras costumbres nos dicen que el niño, desde el primer día del embarazo de la mamá, ya es un niño.
       En primer lugar en Guatemala existen veintidós etnias indígenas, y consideramos que una de las etnias también son los compañeros ladinos, como les llaman, o sea, los mestizos; serían veintitrés etnias que es la etnia Quiché, tengo mis costumbres, costumbres indígenas quichés, pero sin embargo he vivido muy cerca de casi la mayor parte de las otras etnias debido a mi trabajo organizativo con mi pueblo. Soy de San Miguel/Uspantán, Departamento El Quiché.”

(Extracto del libro ME LLAMO RIGOBERTA MENCHÚ Y ASÍ ME NACIÓ LA CONCIENCIA, ganadora del Premio Nóbel de la Paz en el año 1992 “en reconocimiento a su trabajo de justicia social y la conciliación etno-cultural basada en el respeto por los derechos de los pueblos indígenas.”

sábado, 31 de octubre de 2009

CALLE HOYT #13011


“El barrio, como yo lo conocí, se extendía desde el camino San Fernando hasta el bulevar Glenoaks en el este, y de la calle Filmore a Pierce en el norte. Vivíamos bajo la sombra de Los Angeles, como veinte millas al sur.
       La mayoría de la gente del pueblo eran emigrantes mexicanos, como mis padres, quienes se habían mudado a Pacoima en los años veinte.
       En la calle Hoyt las casas no eran ni elegantes ni feas, sino como las casas de la gente pobre de dondequiera. Aunque algunas eran de estuco, la mayoría eran de madera. La madera abundaba y era más barata que el cemento, así que eran de leña. Aunque las casas no eran todas iguales, eran bastante parecidas: con una ventana a cada lado y una puerta en el mero medio. Otras parecían torcidas por los muchos cuartos que se les añadían conforme crecía la familia.
       Los mexicanos de nuestro pueblo estaban orgullosos de sus casas, y cuando el dinero lo permitía, arreglaban un techo caído, o pintaban sus casitas de colores brillantes. Se enorgullecían especialmente de tener un jardín lleno de plantas y flores, ya que éstas crecían muy bien en la tierra fértil de California.
       Vivíamos en la calle Hoyt número 13011, a una cuadra de la parroquia y de la Tienda General de Pacoima, y a dos cuadras de la Pacoima Elementary, la escuela primaria de Pacoima.
       Mis primeros recuerdos son de la cocina con la ventana, la pequeña habitación donde dormían mis padres y la habitación mayor que era donde dormían mis hermanas. A medida que crecíamos, mi papá construía los cuartitos. Los cuartos de los hombres, que era como nos referíamos a ellos, estaban separados de la casa y tenían ventanas que daban al frente y atrás de la casa, y con suficiente espacio para varias camas. Mis dos hermanos mayores dormían allí.
       A medida que nuestra casa fue amplificada, también creció el número de parientes que venían de México en busca de trabajo. Mi primo Andrés que era muy guapo y tenía los ojos color verde-azules, y José a quien comenzamos a llamar Joe, se quedaron a vivir con nosotros. Y aun otros dos hermanos que también eran primos nuestros se mudaron al cuarto de los hombres. Al principio no hablaban inglés, y cada vez que se les hacía una pregunta contestaban diciendo ‘What?’, fue por eso que les pusimos de apodo ‘Los Whats’. Y aunque aprendieron a hablar inglés en menos de un año, se les quedó el sobrenombre.”

(Extracto del libro CALLE HOYT, de Mary Helen Ponce y traducido por Mónica María Ruvalcaba)

“Un libro maravilloso, lleno de amor genuino por su cultura y los que se la enseñaron.” –Los Angeles Times.

CUANDO ERA PUERTORRIQUEÑA


“Abuelo era un hombre tranquilo que andaba con sus ojos hacia el suelo, como si hubiera perdido algo hacía tiempo y todavía lo anduviera buscando. Tenía poco pelo blanco y ojos azul turquesa. Cuando hablaba, era en voz baja, en el dialecto jíbaro, sus labios entreabiertos en una sonrisa humilde. Sus manos eran duras, callosas, las uñas amarillas y agrietadas, las puntas de sus dedos cicatrizadas. Dejaba la casa temprano, empujando un carrito que había construido de madera y partes de bicicletas. En la plaza del mercado, le apilaba una pirámide de chinas (naranjas) encima, y guardaba dos sacos más en el gabinete de abajo.
       Pasaba sus días cerca del Fuerte de San Cristóbal en el viejo San Juan, pelando naranjas con una cuchilla, haciéndoles un boquete triangular por el cual los turistas podían chupar el jugo. Cada naranja le traía cinco centavos. Ponía los vellones en su bolsillo diestro, donde retintineaban cuando venía de camino a casa al fin del día, el bolsillo estirado hasta sus rodillas.
       Las tardes que yo escuchaba su carrito matraqueando por la calle, corría a abrirle el portón, y cada vez, rebuscaba debajo del gabinete a ver si le quedaban naranjas. Siempre encontraba una en la esquina y, después que amarraba su carrito contra el lado de la casa, se sentaba en el primer escalón y me la pelaba, la cáscara una cinta contínua que se rizaba y giraba sobre si misma, anaranjada, blanca, anaranjada.”

(Extracto del libro CUANDO ERA PUERTORRIQUEÑA, de la escritora Esmeralda Santiago).

“Estilísticamente fluida y finamente detallada... la autobiografía de Santiago casi cinemáticamente reproduce su pasado y la cultura de su isla. Lo más atrayente de la historia de Esmeralda Santiago es la revelación que ofrece a los lectores que no conozcan el dilema vivido por todo puertorriqueño: la identidad en conflicto. ¿Es negra o blanca? ¿Es del campo o de la ciudad? Y más importante aún, ¿es puertorriqueña o norteamericana? El lector se sentirá agradecido de que Esmeralda Santiago se dicidiera a explorar su cultura y a compartir lo que halló.” –Los Angeles Times Book Review.

viernes, 30 de octubre de 2009

CARAMELO



“Cada año se celebra el cumpleaños de papá en la ciudad de México y nunca en Chicago, porque el cumpleaños de papá cae en verano. Es por eso que en la mañana del cumpleaños de papá nos levantamos con “Las Mañanitas” y no con el “Happy Birthday to You”. La abuela enojona se asegura de zarandear y despertar personalmente a todos y reunirlos para llevarle serenata a papá mientras todavía está en cama. Cada año un disco de Pedro Infante cantanto “Las Mañanitas” resuena por toda la casa, a través del patio, por los departamentos del frente y de atrás, por la planta de arriba y de abajo, más allá de la azotea donde vive Oralia, hasta la pocilga mugrosa del mecánico de al lado, por encima de los muros altos coronados de vidrios rotos, hasta los pollos de la azotea del vecino, a través de la calle hasta la casa de la Muñeca y el consultorio del Dr. Arteaga tres casas más adelante, y bajando por Misterios hasta la tlapalería del abuelo, más allá de las pareces tiznadas de la basílica, hasta el cerro polvoriento en forma de sombrero de hongo detrás de ésta llamado Tepeyac.
       Todos, todo el mundo en La Villa, hasta el gallo, se despiertan con la voz oscura y aterciopelada de Pedro Infante llevándole serenata la mañanita del cumpleaños de papá...


Estas son las mañanitas que cantaba el rey David,

a las muchachas bonitas,
se las cantamos aquí...


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(Extracto del libro CARAMELO, de Sandra Cisneros, traducido del inglés por Liliana Valenzuela).

Sus personajes salen de las páginas... Cisneros escribe a lo largo de fronteras donde se cruzan la novela y la historia social. En esta novela poética narrada con mucho amor, ella usa el arte de contar cuentos para darle voz a quienes carecen de ella y para encontrar la frontera del pasado, e impregna con la riqueza de un mito, las luchas de su familia y de sus países”.Los Angeles Times.