He rememorado nuestra partida de Cuba cientos de veces, quizás miles de veces. He soñado con ella, he elaborado fantasías, he comparado recuerdos con mis padres y mis hermanos. En mis sueños nocturnos y diurnos, la escena ocurre tal y como la he descrito, salvo un detalle. A medida que el ferry se retira lentamente de su embarcadero, miro hacia el muelle y veo a un niño que me dice adiós. Tiene mi edad, o quizás uno o dos años menos, y está vestido con una camiseta de franjas horizontales y pantalones cortos que le llegan casi hasta las rodillas. No se le ven las medias porque tiene puestas botas de vaquero, y está pelado a la malanga, con un engominado mechón de pelo sobre la frente. A juzgar por su aspecto se trata de un muchacho de buena familia, un niño de su casa.
Al mirarlo, me doy cuenta de que ese niño soy yo. En mi fantasía, habito en dos lugares a la vez. Estoy en el muelle y estoy en el ferry. Desde el muelle, me puedo ver en la cubierta del ferry, despidiéndome y empequeñeciendo más y más, hasta que la figura que queda es como un revolotear de alas. En la última imagen de la fantasía me encuentro en el ferry, con las manos agarradas a la baran-dilla, mirando al niño que fui, al niño que ya no era, que se desvanece poco a poco. Al final, el único niño es el que viaja en el ferry, que se adentra en alta mar.»
(Del libro El Año que Viene Estamos en Cuba, de Gustavo Pérez–Firmat)

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