martes, 21 de diciembre de 2010

EN EL PESEBRE CON MARÍA

«Su cuerpo ya no tenía fuerzas, sus ojos se cerraban pesadamente, pero su mente se negaba a descansar. Anhelaba estar con su madre. Se preguntaba... si ella aún le creería. Escuchó la respiración fatigosa del hombre que dormía a unos pocos metros de distancia. Hasta hace unos meses él era un extraño para ella. Solamente conocía lo que se le había dicho y lo que había podido ver por sí misma. Le habían dicho que era un buen hombre. En los últimos días, había descubierto que era mucho más que eso. Ningún hombre, por amable que fuera, podría haber hecho lo que él. Se preguntó cuánto tiempo había pasado desde que él había realmente descansado por última vez. Un ternero de unos pocos días de vida se despertó hambriento, sin poder hallar a su madre. El movimiento despertó al Niño, que también se retorció en búsqueda de la suya. Ella lo tomó en sus brazos, mientras su largo cabello le cubría el rostro, y silenciosamente salió por el portón. Se sentó con cuidado y se reclinó contra la parte exterior del establo, apoyó al bebé en su pequeña falda y, luego de atar su cabello con una cinta de lino, comenzó a examinar el pequeño rostro. Aún no lo había visto a la luz. La luna jamás había brillado con tanta intensidad. La noche estaba casi tan clara como el día.
     Había imaginado muchas veces ese momento. ¿Cómo sería el Hijo del Espíritu? Nunca esperó que fuera tan normal... tan común. Entonces comenzó a hablarle: Dulce, bebé, ¿sabes quién es tu Padre? ¿Sabes cómo te llamas? ¿Sabes por qué estás aquí? ¿Qué ves cuando miras hacia el cielo? ¿Crees que seré una buena madre? ¿Me amarás a mí también?
     Ella, una muchacha común, del entorno más humilde estaba abrazando al Verbo Encarnado. La plenitud del Altísimo descansaba en sus brazos inexpertos, y dormía acompasado por el ritmo del corazón de su madre. Desde los cielos se estableció una conexión con la tierra y la gloria de Dios lo inundó todo, mientras una joven permanecía sentada, completamente ajena a todo lo que sucedía a su alrededor. 
     Volvió a entrar sigilosamente al pesebre, envolvió al Niño en pañales y lo acostó en el pesebre. El sol comenzó a asomarse por encima del techo de un mesón lleno de almas vacías que no le habían hecho un lugar.»
(Extraído del libro JESÚS, SÓLO JESÚS, de Beth Moore).

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