«Las Navidades siempre serán especiales para mí, tanto por el jolgorio maravilloso como por su silencio profundo y meditativo. Una vez pasado el alboroto, nuestra callecita, La Colonia, se quedaba dormida, salvo una casa, con sus tres ventanitas, un árbol con adornos azules, rosados, blancos y plateados, y luces que iluminaban las ramas cubiertas de cabello de ángel. El montón de regalos al pie del árbol era tan grande que se desparramaba por la mitad de la sala. Hasta las mesitas y otros muebles estaban cargados de regalos.
Tranquilamente nos arrastrábamos a la cama. Los disgustos, las discusiones, las angustias triviales de la vida cotidiana se suspendían. Todos estábamos serenos y felices. Los tíos y los primos ya se habían acostado hace tiempo. Mi hermana y yo estábamos acurrucadas y tapadas, nuestro padre en casa con nosotras, aunque fuera por un ratito. Mamá, con ese pelo negro y largo que le daba hasta la cintura, su amplio pecho hinchado de felicidad, iba apagando todas las luces, salvo las del árbol. Se detenía un momento en el umbral de su cuarto, con la cara húmeda y sonrojada de emoción.
La noche estaba bellísima, silenciosa y tranquila. No se oía el pito discordante del tren, el que iba al norte, a Albuquerque y luego a Santa Fe.
Al amanecer transparente y oscuro, ese amanecer sagrado, los leves susurros y rumores de las voces y los cuerpos recién despiertos –y las ilusiones que los acompañaban– apenas quebraban la tranquilidad matutina.»
(Extraído del libro LAS CHRISTMAS, de Esmeralda Santiago y Joie Davidow).

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