El avión subió a los cielos sobre el campo. Jacinto se sentó junto a la ventanilla y se puso a contemplar la sorprendente geometría de verdes y marrones, el concierto de azules que se deslizaba debajo de ellos. Junto a ella, Elena y Magda descansaban las cabezas contra el respaldo de los asientos y tenían los ojos cerrados al mundo cruel que trataban de dejar atrás. Sobre la falda de Jacinto estaba el contenido del paquete de Basilio: cinco sobres cerrados dirigidos a ella; cada uno una carta de Miguel Acevedo. . .
Jacinto volvió a mirar por la ventanilla. Allá abajo, tan lejos, su pasado quedaba reducido a una naturaleza muerta: El cono negro del volcán. Una bandada de aves salvajes. Un sendero que serpenteaba hacia un río. Una jovencita que caminaba detrás de su madre. Y un muchacho devoto que siempre las seguiría.
Se concentró entonces en las cartas de Miguel que todavía tenía sobre la falda. La última que él había escrito estaba fechada diciembre de 1975. El remitente decía Miami, Florida. Fue la primera que Jacinta abrió.
(AROMA DE CAFÉ AMARGO, de Sandra Benítez, novelista).

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