
“Regresé a ese apartamento en enero de 1998 –diecisiete años, ocho meses y diez días después de mi partida. Cuando la mujer menuda que vivía allí me abrió la puerta, balbucié una llorosa presentación y miré por encima de sus angostos hombros, directo a mi pasado: el viejo refrigerador aún se encontraba resoplando en la cocina, ahora con la puerta cerrada por un perchero ingeniosamente colocado; la tabla de planchar, que tantas veces usé para mantener impecables mis uniformes escolares, todavía estaba detrás de la puerta de la cocina; y los coloridos vasos de cristal, que no podíamos tocar porque estaban reservados para ocasiones especiales, seguían acumulando polvo en las repisas de la sala. La nueva propietaria, como mi madre, no los usaba por temor a que se rompieran.
Los recuerdos me asaltaron. Había vuelto a Cuba como reportera a cubrir una importante noticia en la isla, no ha deshacerme en llanto a la vista de un mosaico cuarteado o un gastado sofá color vino. Con mi credencial de prensa, me había sentido fuerte y hasta un tanto distanciada. Pero un carnet plástico colgando de una tira al cuello no podía protegerme de mi pasado. Ese viejo apartamento, esa cuadra, ese barrio bajo la sombra de incontables almendros –Santos Suárez, con sus casas bonitas y diminutos jardines– seguía siendo mío.”
(Extracto del libro EL MAÑANA, de Mirta Ojito)
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