
“El barrio, como yo lo conocí, se extendía desde el camino San Fernando hasta el bulevar Glenoaks en el este, y de la calle Filmore a Pierce en el norte. Vivíamos bajo la sombra de Los Angeles, como veinte millas al sur.
La mayoría de la gente del pueblo eran emigrantes mexicanos, como mis padres, quienes se habían mudado a Pacoima en los años veinte.
En la calle Hoyt las casas no eran ni elegantes ni feas, sino como las casas de la gente pobre de dondequiera. Aunque algunas eran de estuco, la mayoría eran de madera. La madera abundaba y era más barata que el cemento, así que eran de leña. Aunque las casas no eran todas iguales, eran bastante parecidas: con una ventana a cada lado y una puerta en el mero medio. Otras parecían torcidas por los muchos cuartos que se les añadían conforme crecía la familia.
Los mexicanos de nuestro pueblo estaban orgullosos de sus casas, y cuando el dinero lo permitía, arreglaban un techo caído, o pintaban sus casitas de colores brillantes. Se enorgullecían especialmente de tener un jardín lleno de plantas y flores, ya que éstas crecían muy bien en la tierra fértil de California.
Vivíamos en la calle Hoyt número 13011, a una cuadra de la parroquia y de la Tienda General de Pacoima, y a dos cuadras de la Pacoima Elementary, la escuela primaria de Pacoima.
Mis primeros recuerdos son de la cocina con la ventana, la pequeña habitación donde dormían mis padres y la habitación mayor que era donde dormían mis hermanas. A medida que crecíamos, mi papá construía los cuartitos. Los cuartos de los hombres, que era como nos referíamos a ellos, estaban separados de la casa y tenían ventanas que daban al frente y atrás de la casa, y con suficiente espacio para varias camas. Mis dos hermanos mayores dormían allí.
A medida que nuestra casa fue amplificada, también creció el número de parientes que venían de México en busca de trabajo. Mi primo Andrés que era muy guapo y tenía los ojos color verde-azules, y José a quien comenzamos a llamar Joe, se quedaron a vivir con nosotros. Y aun otros dos hermanos que también eran primos nuestros se mudaron al cuarto de los hombres. Al principio no hablaban inglés, y cada vez que se les hacía una pregunta contestaban diciendo ‘What?’, fue por eso que les pusimos de apodo ‘Los Whats’. Y aunque aprendieron a hablar inglés en menos de un año, se les quedó el sobrenombre.”
(Extracto del libro CALLE HOYT, de Mary Helen Ponce y traducido por Mónica María Ruvalcaba)
“Un libro maravilloso, lleno de amor genuino por su cultura y los que se la enseñaron.” –Los Angeles Times.
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